Así inicia una estrecho vínculo entre emisor-receptor, lector-novelista; un idilio que trasciende, supera los alcances de lo políticamente correcto y que se intensifica a través de la confesiones en las que el soldado aborda la relación con su cuerpo, una suerte de metamorfosis kafkiana del siglo XXI.

Con una prosa contundente y que en ningún momento se dilata, Nothomb nos ofrece un relato enigmático construido por misivas que poco a poco revelan la condición humana de dos personas atípicas.

Nothomb lo hace una vez más. Aún a los más fieles seguidores, que conocen a la perfección las estructuras con las que sostiene sus relatos y que han leído cuanta novela se ha publicado, logra sorprenderlos. Con ella nunca se sabe en qué momento la historia habrá de bifurcarse para, así, cambiar la perspectiva de forma radical. Es el famoso giro de tuerca que aparece en Antichrista, Higiene del asesino o Cosmética del enemigo. En esta ocasión el lector encuentra algo mucho más sofisticado: Nothomb ha perfeccionado el arte de la verosimilitud en un área delimitada por lo absurdo. Así, casi al final de la historia, el lector descubre que el soldado norteamericano es un reflejo  de lo que es la misma autora, ambos hacen de la fabulación una forma de vida, es decir, se descubre al otro a través de la ficción.

Como tema recurrente, Nothomb vuelve a trabajar con el cuerpo, lo utiliza como un laboratorio donde se explora al individuo para desentrañar lo más oculto. El cuerpo en su literatura es un ámbito, una geografía que se habita, es la batalla principal; a través de él habla de lo grotesco, de la condición del desposeído. Siempre utilizando un humor punzante reivindica al freak y hace de él algo sublime. Mapple, por ejemplo, se desdobla en la Sherezada de Las mil y una noches y ejerce un equilibrio entre lo bello y lo monstruoso. Por un lado la imagen nauseabunda del gordo: sus pliegues y deformidades; por otro, hacer de esa condición algo hermoso: transformar el exceso y la grasa en una mujer imaginaria que lo acompaña por las noches.

Una forma de vida es una novela autorreferencial en donde se confunden la ficción con elementos autobiográficos. Nothomb reflexiona sobre la escritura, diserta sobre la epístola y cómo este instrumento de comunicación la llevó a convertirse en escritora. La misiva funciona como metáfora del que escribe, es en este espacio en el que se recrea y se construye un mundo ideal, interesante, muy aparte de la existencia cotidiana. Es a través de la correspondencia que el otro puede existir de manera distinta.

Sin lugar a duda Amélie Nothomb sabe lo que hace y lo hace bien. Me atrevo a decir que Una forma de vida es el resultado de todas sus novelas anteriores, un trabajo pulido e impecable. Me atrevo, también, a afirmar que a ha hecho de su obra un canon literario muy personal que la distingue de los demás escritores de su generación.  Sin embargo, es preciso que cambie la dirección en sus futuras novelas, es tiempo de explorar nuevos rumbos con técnicas narrativas diversas, nuevos temas, nuevas obsesiones, en fin, que para seguir con interés a esta escritora es necesario que comience de cero. Partir hacia otros rumbos perfectibles sin abandonar esa capacidad creativa, atendiendo a la máxima de Beckett que se pregunta lo que todo escritor alguna vez se ha cuestionado: “¿no es mejor abortar que ser estéril?”.

Habrá que esperar la próxima novela de Nothomb para saberlo.

          

Amélie Nothomb, Una forma de vida, Barcelona, Anagrama, 2012, 146 pp.

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