A menudo bailan. Todos los dones son buenos bailarines. Al fondo de la pulcata, entre el baño de hombres y el de mujeres, están la rocola y una mesa en la que a veces ponen una tabla de rayuela. La rayuela es un juego de vagos que consiste en arrojar una moneda lo más cerca posible de un punto determinado o, como en este caso, en el interior de un círculo del tamaño de una moneda cortado en el centro de la tabla. Entre los jugadores hay un viejo chimuelo con el mal del pinto que usa tenis step gym y grita: “¡mamacita!”, igual que el Resortes. Hay, también, un lacroso, carne de presidio con la cara llena de cicatrices, cerca de un burócrata de la delegación Benito Juárez, quien al igual que el expresidiario no bebe mucho pulque, pero le gusta la compañía. Juega también un sujeto de cara aindiada que, a pesar de tener las piernas retorcidas por la polio, camina y le dirá a cualquiera que lo escuche que lo que es con las mujeres no perdona. Y cuando su interlocutor se pregunte: “¿qué clase de viejas se echará este sotaco?”, interrumpirá su pensamiento con una canción ranchera, sentida, viril, con una voz que hace retumbar el pecho y a la que nadie le grita que se calle, al menos no al principio. En la misma mesa, alrededor de una caperuza de apio, con esa seriedad no demasiado preocupada que se usa para hablar de cosas importantes que se han ahogado en el tiempo, conversan un payaso, maquillado de una manera algo triste, un muñeco de ventrílocuo pintado como su dueño y una monja.

El día de la Virgen de Guadalupe es tradición que se haga una buena comida en las pulcatas. Hace uno o dos años regalaron barbacoa de hoyo y consiguieron un sistema de sonido como los que se usan en las fiestas de quince años.

Quizá sea imposible saber dónde o cuándo surgió, pero la necesidad de formar muéganos con cantidades imposibles de personas está profundamente arraigada en los habitantes del centro del país; al punto de que la ciudad de México ha sido de las más pobladas del mundo desde hace varias décadas.

Pronto dejan de sorprender las multitudes que se forman en lugares pequeños, como los microbuses, así como la movilidad interna que alcanzan estos muéganos, parecida a ciertos fangos pútridos de algunos pantanos. Así que nadie estaba impresionado de que una centena de personas estuviera bebiendo, comiendo barbacha y bailando en un área de treinta metros cuadrados. Es casi un evento familiar; muchos de los clientes regulares se  acompañan de sus hijos, hijas, sobrinos, tíos, etcétera, además de grupos de jóvenes y personas desconocidas, tal vez por ser en apariencia menos monstruosas. El bullicio tiene una efervescencia plácida que hace de cualquier cosa un chiste. Hay fricciones insólitas, una cachetada, muchas risillas maldosas.

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Un hombre joven entra al baño sonriéndole a la nada. Su piel es morena, su andar despreocupado y algo ebrio, elegante a su pesar. Es una calca de otro hombre joven de hace treinta años, o eso piensa una señora que lo mira y por un instante decide creer que es un viejo amor y que no ha pasado el tiempo, que el aire huele a mar y que en el puerto jarocho los barcos esperan a que los elijan para llevarlos lejos, a un rincón del otro lado del mundo. Siente algo en el estómago que siempre la sorprende, que no ha podido dejar atrás. Cuando el joven sale del baño se le acerca y le pregunta:

—¿Quieres bailar?

Hay cosas que nunca cambian.

Él dice que sí. La toma de la mano y la cadera. Dicen que el baile es participar de la esencia de Dios, creo que eso quiere decir que, guiados por la música y lo intuitivo del tacto, se pueden dejar llevar, y así conocer el origen del movimiento, las armonías del universo que son los otros.

Cuando empezaron los ritmos picantes y sabrosos de la salsa ella, sorprendida, exclamó:

—¡No sabes bailar! —los ojos cafés muy abiertos.

No podía creerlo. Él respondió con hastío:

—No.

Total que bailaron, o ella le acabó dando una breve clase de baile que lo hizo sudar la gota gorda. Nadie lo había hecho sudar así. Cuando el morro regresó a pedir la tercera canción un hombre como de a tostón, el compañero que había bailado otras piezas con la señora y que ahora cabuleaba con otro grupo de señores, sacó la cabeza del grupo y le dijo muy serio:

—Nomás no me la despeines.

El viejo y ella ríen y el joven no sabe qué decir. Quiero creer que piensan que el primer amor es el más largo aunque el último es el mejor, pero el señor solo vuelve a cotorrear con sus amigos. De repente, como sin querer, voltea a ver a su novia o amiga o amante o esposa y sonríe de un modo de lo más particular.

Ni siquiera parece que es domingo y la pulcata cerró a las once, con tiempo para el último metro. En el local vacío un pétalo cayó en la oscuridad. La gente, muy borracha, se fue en grupos, o en grumos, como si flotaran a la deriva llevados por la corriente de un río de cauce lento e implacable. La Gloria se volvió otra puerta cerrada. En el Callejón 5 de Mayo la noche pasa sola, en silencio.

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